Triste corazón que no se afana por aparentar su malestar.
Cada día tira de un pesado cuerpo, lo lleva, lo arrastra hasta límites insospechados para no dejar ver su apenada realidad, unas heridas internas que despedazan su ser.
Él y sólo él se encarga de hacer reír a los demás, de no dejar pensar a mi cabeza en el dolor que mi cuerpo siente, lo anestesia para no dejarlo morir. Al caer el sol él no puede más y se derrumba, llora y se desquebraja, se rompe en mil pedazos dejando derramar su esencia, su felicidad se esparce, comienza a lamentarse, tirita y palpita más despacio que nunca, la realidad se le hace inmensa, él sabe que podría dar todo lo posible e imposible por remediar la pena, pero lo único que puede hacer es volver a colocarse la coraza cada mañana y salir al mundo para volver a ser el mismo verdugo de la mentira, una vez más, un día más.
(Laura Fernández)
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